EL TIEMPO EN LA COSTA

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…….Vi una ballena por primera vez en mi vida tarde, el año que cumplí cincuenta. En cuanto la vi caí en la cuenta de que había andado hacía mucho tras suyo, que en mis idas y venidas por los mares del globo, en cada singladura había esperado encontrarla; que al navegar hacia Lisboa iba buscándola, que al nave-gar hacia Bombay iba buscándola, que al navegar hacia Jakarta, Samarai, Fidji, Pascua y Guamblin iba buscándola. Al ver la ballena caí en la cuenta de que mis más memorables visiones marítimas -el infinito campo de medusas en el golfo del Corcovado, los delfines al trasluz sobre la popa de la lancha papua, el hongo rojo de la luna llena en el golfo de Bengala, el velo de peces voladores sobre el mar de Noumea, la aparición de la isla de Pascua en el cielo del Océano Pacífico- todos mis asombros de viajero marítimo habían sido preludios suyos. Vi la ballena y mis pasadas personas: el niño impuro que tiritaba en la playa de La Serena, el febril estudiante que escupía en los canales de Aysén, el profesor que se embarcaba borracho en Buenos Aires, el silencioso poeta que volvía de mar en mar a Chile por el Oriente, todas las personas que he sido fueron simultáneamente coronadas con su visión.
…….Vi por primera vez una ballena cuando menos lo merecía. Perdida la esperanza de toparme con una, dejé de cruzar mares y recorrer costas y me vine a vivir a Quintay, justo frente a las ruinas de una planta ballenera que rimaban irónicamente con las ruinas de mi anhelo. Vi entonces la ballena, mi corazón dio un salto, lancé una risotada y los ojos se me empañaron. ¿Cómo no iba a reír y llorar al descubrir desde el jardín de mi casa el ser en busca del cual di la vuelta a la tierra?
…….Fue así: de repente volví la cara hacia el mar y vi una diosa. ¡Una diosa al alcance de mi grito! Y como ese día no estaba solo grité a voz en cuello: ¡una ballena! Vi en realidad dos rocas pardas que emergían rotando con lentitud y que se alargaban hasta formar una sola muy lisa e increíblemente grande. Volví a gritar: ¡una ballena! La roca viviente se alargó aún más; en un extremo de ella el agua estalló y entre las espumas afloró un armatoste oscuro. Me quedé sin habla. ¡La cabeza de la ballena era un órgano! ¡Un gran órgano como el instrumento musical de las catedrales! ¡Un órgano de enormes tubos ne-gros que chorreaban espuma! ¡Ballena!, grité de nuevo con incontenible terror. Cuando Jacqueline* llegó a mi lado la cabeza se había hundido y el cuerpo, aún a la vista, aún colosal, no parecía en absoluto el órgano que había visto. Poco después la ballena partió nadando mar afuera con un ballenato que la acompañaba. Dieron la vuelta a la isla y no los vimos más.

(Vigía, p. 9-10)

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…….Mi residencia en Quintay es la última etapa de un viaje, la etapa inmóvil. Porque justo antes de llegar a vivir aquí, partí desde mi casa en Santiago en un furgón en cuya parte trasera podía dormir, e hice un viaje por toda la costa de Chile, de caleta en caleta. Durante el viaje bauticé el furgón con el nombre de Concha al descubrir qvie de tanto rodar de playa en playa me había convertido en un molusco, en un loco los más de los días, en un choro de vez en cuando. Regresé a Santiago tres meses después con un cuentakilómetros que registraba diez mil y un diario de viaje de trescientas páginas. Me puse entonces a escribir un libro sobre el mar de Chile en el desván de mi casa y el furgón quedó estacionado afuera. Finalmente puse el furgón en venta. Llegó un tipo que tenía algo menos del monto que yo pedía. Casi se lo vendí. Días después, en un minuto de exasperación literaria, subí a la Concha y me dirigí a la costa. No recuerdo bien si partí con la intención de ir a algún sitio o si sólo quería estar de nuevo junto al mar como en mi largo viaje. Tampoco recuerdo en qué parte del camino se me ocurrió dirigirme a Quintay. Tampoco recuerdo en qué momento de mi aproximación a Quintay -si tenía ya a la vista el Curauma y el mar o si aún venía traqueteando por el infernal camino de los bosques encantados- decidí convertir mi visita en búsqueda de terreno donde construir una casa. ¿O venía con la idea desde Santiago, desde mi escritorio desesperante? ¿O ya tenía la idea el día en que no vendí el furgón? A veces fantaseo y me digo que la Concha misma maquinó cómo seguir conmigo; que la Concha comprendió que si no me llevaba a vivir a un lugar costero perdido, ella terminaría repartiendo menestras en Ñuñoa; que la Concha descubrió Quintay y con Quintay la única forma en que su rauda juventud costera podía ser prolongada en una diligente vetustez costera. Tan bien lo hizo que hoy, ocho años después de su llegada a mis manos y con cien mil kilómetros recorridos, sigue a mi disposición al otro lado de la puerta. ¿Qué estará maquinando ahora que se deteriora a ojos vista? Prefiero no pensarlo…

(Huésped, p. 233-234) .

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…….Margarita se llama María del Carmen y tiene 20 años menos que el Tío Chindo, su marido. Hasta el año 1967 trabajaba de garzona en el Bar El Chiquitito de Valparaíso. Y tenía dos hijos, una mujer y un hombre. Allá la conoció Felicindo, Chindo o Fili como ella lo llama, y la invitó a venirse con él a Quintay. Margarita ha vivido treinta años en Quintay y todavía se siente forastera. La primera señora de Fili se había desapartado de él hacía tiempo y vivía lejos, en Algarrobo, con sus cuatro hijos hombres y tres hijas mujeres. Pero la gente de Quintay era casi toda pariente de ella y miró mal a Margarita cuando llegó. Pese a esto no quiso volver a Valparaíso porque allá había tenido problemas: el fulano con que vivía, padre de su hijo hombre, se había aprovechado de su hija mujer.
…….Margarita llegó a vivir con Fili a la casa en que él había nacido. En esta casa parió al único hijo que tuvie-ron, Feliciano. Y en esta casa viven ella y Fili hasta hoy. La casa está encajada al pie del acantilado de la caleta; desde la playa se llega a ella por un corto y estrecho vericueto entre otras casas; y desde el pueblo de arriba por la escala empinada, larga y de gradas disparejas que desciende zigzagueando la ladera hasta el nivel de su patio. La casa está semioculta por una acumulación de troncos, palos, ramas, tablas torcidas, planchas rotas dispuestos con cierto orden a su alrededor; lo que se ve de ella son dos paredes de barro sin ventanas y un techo de zinc incalculablemente más nuevo que las paredes. La casa por dentro es obscura como una cueva, no solo por la falta de luz sino por el cúmulo de bolsas oscuras que cuelgan de las paredes, el cúmulo de bolsas y cosas altas arrinconadas contra las paredes, y el cúmulo de bolsas y cosas bajas que cubren el piso. Una sola ventanita cua-drada con postigo pero sin vidrio ilumina la primera pieza, la de la puerta de entrada y de la mesa; la segunda pieza, apenas separada de la primera por un vano ancho y sin puerta es el dormitorio y no tiene ventana alguna. La penumbra interior no da para colores, sólo para grises, sepias, negros. Brillan a veces los cristales de los anteojos de Margarita y la única mancha clara de la pieza es la de mi cuaderno abierto sobre la mesa.
…….Margarita me ha recibido en la puerta, me ha invitado a seguirla durante tres pasos dificultosos por un sen-dero entre bolsas y cosas indefinidas y me ha ofrecido asiento en la mesa junto a la ventanita. Desde la mesa parte otro sendero breve que va hasta el oscuro dormitorio y termina entre dos arropadas camas. Margarita y yo nos sentamos en dos puestos esquinados, los únicos libres de la mesa que está casi tapada de botellas, boles, cajas, frascos, pomos. La mesa misma es chica, baja y está cubierta con un mantel de hule de largos faldones. Mi asiento es un banco sin respaldo y con un cojín duro. Detrás de Margarita, la minúscula ventana muestra el mar cercano de la caleta, azul al sol blanco del invierno, visión casi sobrenatural desde esta atiborrada guarida hu-mana. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la penumbra y mi corazón se rehace cuando descubro el sol secreto de la casa. Bajo la mesa y junto a mis pies, pero oculto por los faldones del mantel, hay un brasero encendido. Por mis piernas sube un calor suave, dulce, casi sin olor a humo; un calor delicadísimo de brasa de raíz de litre escondida en su ceniza; un calor cortés que no quiere hacerse notar, que calienta mis rodillas sin recordarme que las tengo heladas. Con este brasero entre nosotros, Margarita y yo compartimos más que si la mesa estuviera servida. Y con misterioso pudor no hablamos de él en toda la tarde.
…….Sentada a mi lado, pálida como una reclusa y mirándome de hito en hito con mirada de mujer que sabe que el tiempo en que sus grandes ojos oscuros eran de admirar ya pasó, Margarita habla largamente de su niñez. A cada tanto, sin resentimiento, sin dolor, con nostalgia diría, repite como una cantinela: “Nosotros éramos po-brísimos”, ¡como si en este cuchitril de naufraguero en que vive nadara en la abundancia! Margarita fue un solo año a la escuela y aprendió a leer. Desde entonces no dejó de hacerlo. Aún aquí en Quintay se las inteligencia para conseguir libros. Y nombra los inolvidables: El Manto Sagrado, Quo Vadis… Hoy lee durante el día y en la noche le cuenta lo que leyó a Fili.
…….-¿Sabía usted que en Quintay se filmó una película en la que trabajó el chicano Trini López? -me pregunta con ánimo de sorprenderme-. La película se llama Antonio y todas las viejas de aquí participamos.
…….-¿En qué año se filmó?
…….-En 1969, o por ahí.
…….-¿Y cómo es que nadie me ha hablado de ella?
…….-Así es la gente de aquí. Si no me cree, pídale al yerno del Alcalde de Mar que se la muestre: él la tiene en video.
…….Margarita cree que en la costa del lado de Las Docas hay muchos tesoros y minas de oro. El bulto que se le apareció en la playa a Fili tiene que haber sido el cuidador de un entierro. Recuerda que en otra ocasión, cuan-do Fili estaba en la punta de Curaumilla mariscando, se le aparecieron tres sacerdotes en traje de baño. Se esta-ban bañando aunque la mar estaba muy mala. Y los tres le dijeron a Fili que por ahí había un entierro de tinajas con joyas.
…….Pero hacerse de un entierro es muy difícil. Cuando el que anda en su busca es un ambicioso, el entierro se corre y en el lugar no queda ni una seña. (¡Oh maravilla humana!: según la Kena Upanishad, desear el nirvana descalifica para alcanzarlo.) Y cuando se desentierra oro no hay que usarlo al tiro, hay que ventearlo porque tiene una emanación venenosa.
…….Cuando Margarita llegó a Quintay no sabía nada de las cosas del mar, ni pelar congrios. De a poco fue aprendiendo. Cuando Fili llegaba del mar en la mañana ella recibía los congrios, los pelaba y los vendía. Y cubría el bote de Fili con cacharpas para que el sol no lo resecara y no se abrieran las tablas. Una vez hubo un temporal con norte y Fili y el Tuno se perdieron. Con la señora del Tuno, Margarita partió orilla arriba (hacia el sur) a ver si por allá los había botado el mar. Cuando regresó a la caleta estaban todos en la playa y la miraban sin decirle nada. En eso llegó un niño desde el Retén a avisar que Fili y el Tuno estaban en Algarrobo. Al tercer día llegaron en su bote los perdidos, pero Margarita no los estaba esperando en la playa para que nadie la viera llorar.
…….Cuando termina el recuento de su vida de mujer de pescador quedo con la sensación de que Margarita ha trabajado poco y leído mucho; que el Tío Chindo, pescador analfabeto, la ha tenido en su casa como un lujo inaudito: una mujer que de día lee, lee y lee, y que cada noche de su vida tiene una historia nueva que contarle. ¡Oh Tío Chindo, secreto Emir de los creyentes!
…….Como un sultán que en el cuarto más abandonado y oscuro de su harem escucha las cuitas amargas y las quejas feroces de una mujer que in illo tempore fue su preferida, paso una larga hora con Margarita. Aunque su casa está pegada a otras, no he oído voz humana, ni ladrido, ni cacareo en toda la tarde, como si la cámara oscura de barro nos aislara milagrosamente o como si el vecindario entero -incluidos los animales- estuviera es-cuchándola agazapado al otro lado de la pequeña ventana sin vidrios.
…….Al salir me encandila el día claro e instantáneamente recuerdo que el dueño de casa es casi ciego.

(Testigo, p. 160-164)

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  1. Toribio’s avatar

    He pasado desde >La mar a estos otros textos y mi emoción ha crecido con la ballena que ve balcells (lamento su muerte, pierdo su mirada). tener ballenas en tu propio mar qué envidia y que golpe he sufrido con la descripción de balcells. no tengo palabras de hombre sin mar que soy para decir cómo fue mi golpe. la ballena fue el golpe, la palabra vde balcells fue el golpe. Un hallazgo en esta pantalla, pero también un mar de pensamiento cruza mi cabeza.

  2. Toribio’s avatar

    sigo siendo boliviano, orgulloso de serlo, algún día tendré un pedazo de mar