LA MAR

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Publicación del libro en línea, por capítulos, aquí.

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EL CASTELLANO MARINO EN AMÉRICA

No es difícil hablar del diablo en Cobija. Las ruinas de un puerto de una nación que perdió el mar en una guerra son doblemente ruinas. Y los ojos de un descendiente de los vencedores -ojos de niño rico- no salen libres de su pasada por esos muros que no llegan a formar rincones, esos vanos sin puertas ni ventanas, esas estancias demolidas, esas piedras esparcidas en el polvo. Las ruinas de Cobija son unos arrecifes. En estos arrecifes de Chile chocó y se hundió la nave de la historia de Bolivia. El pueblo boliviano es el único pueblo náufrago de América. Y allá arriba en el altiplano, desde hace más de un siglo los salvados del naufragio sueñan con volver a hacerse a la mar.

Así, aunque se haya apaciguado hace más de un siglo, uno atribuye a la violencia humana y no a la injuria del tiempo la ruina que ve en Cobija. El clima mineral del país ha mantenido frescas las huellas de los cañonazos. En el mar de enfrente, aún blanquea la espuma de las estelas del vencedor. Al oriente, la tierra está toda apisonada por los pies de los que huyeron hacia los Andes. La ruina cobija un silencio enemigo que ni el murmullo del mar endulza,

¿Qué silencio?

Un pueblo de América que habla castellano pierde el habla cuando se le quita el mar. Un pueblo de América que habla castellano pierde el habla cuando se lo separa del mar. Porque el castellano de América es marino.

Según una tradición que comienza, el pueblo más costino es el pueblo más poético de América. Y el menos articulado. Efectivamente, el castellano marino de Chile es llano pero abismal, simple pero anchuroso, monótono pero brillante. En aras del mar, Chile sacrificó la sintaxis por el ritmo. Todos los días Chile corre el peligro de acabar sentado en la costa repitiendo como un bruto la pareja de yambos huevón/hueva, huevón/hueva, huevón/hueva. Escúchense en cambio a los bolivianos de La Paz, a los aimaras de Oruro, a los quechuas de Sucre. ¡Ya quisiera un tribuno chileno perorar como una vendedora de fetos de huanaco paceña! Y sin embargo, a ese castellano de Bolivia tan hilado le falta qué enfilar. Del collar marino de la lengua americana, les dejamos a ellos el puro hilo y nosotros nos quedamos con las perlas sueltas.

Un pueblo de América que habla castellano pierde el habla si no puede allegarse al mar para aplacar su sed. La sed que el mar despierta y que el mar nunca sacia del todo, nosotros, los chilenos, la conocemos y la reconocemos por la lengua inflamada, agrietada, dolorida de nuestra poesía. Para desgracia de los bolivianos la sed que despierta su altiplanicie es semejante a la sed del castellano ibérico, sed de estepa, sed arcaica. Porque el castellano partió de nuevo cuando cruzó el océano. El castellano de América tiene la sed de mar por origen, no por peripecia.

Un pueblo de América que habla castellano pierde el habla si no puede sacar del mar día tras día una lengua fresca. Lejos de la costa, a la lengua de Bolivia también le falta la sal que cura o la especia que marina, y por ende sabe a pasada. Nada corrompe más al castellano de América que la nostalgia del mar; nada lo hincha, opaca y destiñe tanto. Nosotros los de Chile, hablamos una lengua que pica a veces, que da tirones, que salta y coletea, que presenta la más noble de las luchas y que cuando cae en nuestras manos devolvemos viva al mar como pescadores infinitamente exigentes. Si no sabemos lo que es una sarta, tampoco conocemos el olor a pasado. Nuestra lengua está más que fresca: está viva; está más que viva: está libre.

Mas el peso de la noche en Chile que nadie desconoce, ¿qué es sino el peso del mar ajeno? Devuélvase el mar a Bolivia e ipso facto Chile podrá desmontar del tigre en que cabalga hace más de un siglo; ipso facto lo verá convertirse en el perro guardián que debería ser, en el perro que amplía y guarda al hombre en vez del tigre que lo fascina y lo masacra.

O por decirlo en la más alta de las fórmulas que caben en América, de Chile depende que el Pacífico y La Paz se reúnan. ¿No podría ser ésta la clave de la paz del continente?

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  1. Toribio’s avatar

    emocionante relexión para un boliviano como yo cuyo padre desde la mmontaña le indicaba hacia el oriente diciéndole, allí está el mar ¿lo ves, lo ves, lo ves? repètía, Y yo no veía nada, sólo cielo. No, no lo veo, yo le respondía. No lo ves porqure nno tienes todavía palabras para conocerlo y verlo. Mi padre era de Castilla.
    Las palabras, el castellano de los que tienen mar y de los otros que no lo tienen, dice Ignaciio Balcells. magnífico pemsamiento. sutil y poético. nunca oí hablar de balcells. Agrdezco esta página verdaderamente americana.
    Desde este cielo sin mar, seguiré leyendo a balcells.

  2. Cordobesa’s avatar

    Increíble y fascinante narrativa de este gran escritor cuyo libro El Tiempo en la Costa es uno de los más importantes de mi colección de libros. Me gustaría conseguir LA MAR, quisiera a través de internet, ya que en Córdoba, Arg no he podido conseguirlo en ninguna librería.